No quiero conocer personalmente a Woody Allen
Mientras veía la película bajada de Internet “Acordes y desacuerdos” de Woody Allen (por cierto lo habré escrito correctamente, voy a comprobarlo a Google), pasé como casi siempre que visualizo una película del judío neurótico y multimillonario (supongo), aún después de haber pagado la demanda de su ex mujer, la otrora encantadora Mia Farrow (vuelta al Google), un rato agradable, identificándome con gran parte de los tics del cineasta, reconociéndole méritos que no encuentro en gran parte del resto de los creadores cinematográficos.
Coppola, Scorsese, incluso Spielberg, me gustan, unas veces más otras menos, pero no me identifico con ellos, con la excepción del padrino que bordó Marlon Brando con el cual me identifiqué plenamente, cuando ordenaba palizas, asesinatos, venganzas y toda clase de tropelías (no diré en que periodistas de investigación o profetas de las ondas, estaba pensando como objetivos de mi padrinazgo imaginario), pero los mensajes subyacentes en las películas del tímido y enclenque director, casi siempre los hago míos.
Con él (Woody) me pasa como al protagonista de la película (gran creación de un falso documental biográfico), que siente una gran admiración por el músico de Jazz, Django Reinhardt y no quiere conocerlo personalmente, imagino que para no tener que bajarlo, como persona, del pedestal al que lo tiene subido como músico. Lo mismo me ocurre a mí con personajes famosos como el propio director americano, con Serrat, con Victor Manuel, con John Lennon, etc. personajes todos ellos que me han proporcionado grandes satisfacciones y felicidad, y la consideración de que el mundo es un poco mejor gracias a ellos.
